La aplicación de mensajería tiene la virtud de favorecer la comunicación, pero a veces termina apabullando, enviciando y enloqueciendo.

Hace unos días, la Justicia de Brasil bloqueó por 48 horas (al final fueron menos) la aplicación WhatsApp, y afectó con esta medida a unos 100 millones de usuarios. Hasta el famoso Mark Zuckerberg, creador de Facebook y dueño de la compañía estadounidense de mensajería instantánea, dijo que esta acción fue triste para Brasil y lamentó que el país “quedara aislado” del mundo. La popular aplicación está instalada en más de 90% de los teléfonos inteligentes de los brasileños que, según el último censo, serían no menos de 200,4 millones de usuarios.

Parece que, hoy por hoy, no tener WhatsApp (o estar fuera de línea unas horas) es quedarse aislado ya que para los fines de la comunicación personal quedaron vetustos los mensajes de texto y los mails. Ni hablar de las llamadas por teléfono, que se sienten casi como una invasión. Cuántas veces nos llega por WhatsApp un mensaje que pregunta: ¿Te puedo llamar? ¿Estás? Es casi el fin de los ringtones, que tuvieron un auge que parecía eterno, pero que ya ni se escuchan en el entorno laboral, familiar o de amigos. Todos los celulares están en vibrador o silenciados. Ni que decir del teléfono fijo, de línea o las cabinas telefónicas.

El protagonismo del WhatsApp es total, especialmente entre los padres de los chicos en edad escolar. En estos grupos, cada tanto hay alguno que intenta algunas reglas de convivencia que no se cumplen nunca y terminan contestando todos las mimsa pregunta una y otra vez, acumulando mensajes en grupos y cadenas que ascienden hasta loas 100 por cada 15 minutos. Llegada la reunión social, ¿cuántas palabras cruzan los integrantes del mismo grupo virtual? Hagan pruebas. Pues así comienzan todos los grupos, aún aquellos que se proclaman como chats sólo para cuestiones concretas que tengan que ver con la organización de los niños, o chistes, emoticones y comentarios de algún trabajo. Esto jamás ocurre, no nos engañemos.

Hay grupos de familia, primos, amigas, que a veces se desbordan de mensajes cada uno. Aparecen fotos, videos, memes, mensajes del gobierno y hasta rezos en cascada en los que todos los integrantes suman un amén.

En toda esta catarata de mensajes es cierto entonces que hay algunos de extrema importancia, lo que hace que se produzca un efecto “atrapado sin salida” y haya que dedicarle tiempo y esfuerzo a una app que hoy es sinónimo de comunicación o incomunicación si es que no se la tiene. Un cable de la agencia de noticias ANSA reprodujo el testimonio de una empleada doméstica que le contó a una radio de Brasilia: “Estoy medio perdida sin el Whats, lo uso para hablar con mi patrona y con mi hijo para que me espere cuando llego tarde a buscarlo a la escuela”.

Hasta ahora no hay demasiada respuesta certera, aunque se le podría pedir un cambio al mismo Zuckerberg para que cuando alguien tímidamente decida salir del chat no le aparezca a todos los demás el odioso “ha abandonado el grupo”. No se trata de herir/ofender a nadie; es simplemente que hay un límite a la cantidad de chats instantáneos y espontáneos que pueden leerse por día. Hay también un límite para poder responderlos ya que también parece un imperativo la respuesta inmediata a un mensaje inmediato. Te mandé un chat suena en tono de reproche, sobre todo cuando no hay respuesta en, digamos, 15 minutos inmediatos. Se le podría contestar algo así como tengo 1237, voy por el 535; cuando llegue al tuyo, quizás el año próximo, te aviso. Crudo, pero real.

Fuente: lanacion.com.ar